divendres, 10 de febrer de 2012

Secuestros


En la ciudad de Nueva York, el agente secreto Max trabajaba sin descanso para encontrar alguna pista sobre el secuestrador que raptaba niños burlándose de los agentes secretos, haciendo cosas como dejar una dirección falsa o dejando una verdadera para raptar al propio agente secreto. La segunda cosa solo la había intentado dos veces, la primera lo consiguió, pero la segunda estuvieron a punto de detenerle.
El jefe de la agencia secreta estaba muy enfadado con el agente Max y el grupo de agentes que le ayudaban, que, por cierto, el jefe no podía haber elegido agentes peores para ayudarle. El jefe decía:
- ¡Maldita sea! ¿es que jamás vais a encontrar al secuestrador?
Max tenía la protesta en la punta de la lengua, pero, dado el humor del jefe, decidió no decir nada.
Durante los días siguientes hubo un rapto y el agente secreto Max fue corriendo al lugar del acontecimiento y el grupo de agentes dispersó a la gente que se apiñaba por ver algo, aunque lo único que podrían ver sería un trozo de tela que había en el suelo. Cuando el agente Max se dió cuenta de que había un trozo de tela en el suelo gracias a una afortunada caida exclamó:
-¡Por fin el secuestrador ha dejado una pista! Espero que sea cierta.
Max se puso los guantes para no borrar las huellas del trozo de tela y cogió su coche. Cuando ya iba por la mitad del camino un coche chocó con el suyo y del golpe se quedó un poco aturdido, pero en seguida persiguió al coche con el que había chocado, cuando el coche paró, en seguida reconoció a su conductor: ¡era su jefe! y a su camisa le faltaba un trozo de tela. De repente comprendió quien era el secuestrador: su jefe. Sacó su pistola y llevó a su jefe a la cárcel.
                                                                          Carlos Blasco Muñoz.